Como un homenaje a su recuerdo, a su sapiencia, a su sabiduría, a su filosofía de vida que aplicó en la enseñanza, a su calma; ya que recuerdo………cuando cuidaba de mi madre con el terrible alzheimer que padeció por años, al gran amor que les profesaba a cada uno de sus alumnos, por que como él lo decía: “los egresados siguen conservando y perpetuando el compañerismo que sólo la ESAHE les legó”…y asi en alguna de sus pláticas amenas empezaba describiendome el inicio de la enseñanza agrícola en México en 1854, en una de las muchas actuaciones como presidente de Antonio López de Santa Anna, en lo que fue el exconvento de San Jacinto, abandonado por los jesuitas. Precisamente me palticaba que es un réplica de él, el primer edificio que construyeron los Hermanos Escobar, y que albergó a la primera generación 1906-1910 ….. para posteriormente construír el edificio principal que albergó a las generaciones entre 1910 y 1953….hasta el nuevo edificio que fue clausurado por un mal Gobierno (como el lo decía; él 13 de julio de 1993, a 87 años de su fundación).
Como no recordar que con lágrimas en los ojos descifraba el texto de la placa develada en 1931 durante los 25 años de la primera generación y que se refería a cuando tañía la campana jubilada:………
Veinticinco años y ni una hora perdida…
tu siempre llamaste a la intensa labor…
y por eso sonarás en la horas de triunfo…
sonarás en las horas de amor!
Convaleciente y con la pena de no haber podido asistir a la ofrenda floral de este año 2009 en que se festejaron los 103 años de la ESAHE….regresé a platicarle los permenores y me invitó a que lo acompañara para ver en repetición la faena de Pablo Hermoso de Mendoza en la temporada de la plaza México, por cierto!!!(no era necesario estar ahí, con él bastaba para vivirlo), sin conocerlos termine sabiendo datos precisos de la vida de el Cordobés, Paquirri, José Tomás, el Juli entre muchos otros.
Recuerdo su pasión por la Astronomía, cuando el profesor Olave le solicitó un curso para maestros de Secundaria en el 73, de lunes a viernes de 8 a 9 de la noche en la escuela de la Playa, varias veces lo acompañé y terminaban saliendo a las 11…12, ya que era cuando estaba el cometa kojutec al que observaban con sus telescopios, y las miles de estrellas que conforman las constelaciones y que según dicen, sólo los astrónomoa las identifican con gran facilidad.
Su pasión por la música…desde niño tuvo la virtud de ser un músico de oído ya que era capaz de identificar y tocar notas sin tener referencia alguna, transcurría las horas tocando el acordeón, recuerdo!!!….su pasión por los pasodobles, Cielo andaluz, Chiclanera, Francisco Alegre…… en fin.
Sería necesario mucho tiempo para compartir tantas pláticas y aprendizajes a su lado.
Y así en éstos días en que él ya no estará más, no termino de recordar tantas y tantas anécdotas, con su sencillez, sus virtudes, sus bondades y su gran facilidad de comentar y criticar (porque no decirlo), cualquier cosa del antes, del presente y de lo que sucederá, como lo fue para él la bucólica ciudad juárez (hoy 2009, capital del crimen), jamás había presenciado movimiento igual y sin embargo sucede…me lo dijo hace tan pocos días!!!….ahora sólo me resta agradecer a Dios por lo afortunada de ser su hija, y en nombre de mis hermanos, mis sobrinos, hijos y nietos……
“AGRADECEMOS INFINITAMENTE LAS MUESTRAS DE SOLIDARIDAD DE LOS HERMANOS CEBOLLEROS” (porque para él todos eran sus hijos).
DE LOS AMIGOS ENTRAÑABLES que nos han estado acompañando.
Y como el mismo lo dijo en diciembre del 94 y en junio de éste año, me iré a un largo viaje al LEJANO ORIENTE, seré solo un hermoso recuerdo……..
CLARO!!!!! MUY….PERO MUUUUUUY HERMOSO!!!!…
Descanse en paz, inolvidable…..
Maestro…
Filosofo…
Esposo…
Padre…
Abuelo…
Marcia Navarro Solano
Enseguida les comparto el texto que describe con gran exactitud la personalidad de mi padre y que fue leído por mi sobrina Claudia en su homenaje póstumo en las instalaciones de la ESAHE el 28 de octubre.
A veces me da miedo la memoria
En sus cóncavas grutas y palacios
(Dijo San Agustín) hay tantas cosas.
El infierno y el cielo están en ella.
Jorge Luis Borges,
“El grabado”, Historia de la noche.
A veces me da miedo la memoria. A veces hay una casa de la que no quiero salir. Su corredor topa con el cuarto de mi abuelo y dentro he aprendido tantas cosas, como tantas de ellas soy. Dentro pasábamos las horas y la infancia desvelándonos. Dentro se aprendía de toros, de España, de astronomía, del Sputnik, de los Apolo 8, 11, 13 y hasta el 17; de Historia, de Roma, de política, de El Ché, de la hora Universal, del General Cárdenas, del México sesentayochero, de quién mato a Colosio, de álgebra, del Sub Marcos, de Chapingo, de justicia social, de la Escuela Hermanos Escobar, de la llorona, de Lerdo, de Venturita; hasta de la propia familia y de tantas otras cosas.
Dentro era la válvula de escape al mundo exterior, el ceremonial, el de los padres y tíos, de los que “están marigüanos”, de los “mándelos a la tiznada”, de las necesidades creadas, de lo políticamente correcto, de los que no eran ateos. Dentro se vivía en otro tiempo, literalmente, porque mi abuelo nunca se empató con “la hora del estúpido de Ernesto Zedillo.” Dentro se tomaba café Bola de Oro y éste se pasaba una y otra y otra y otra vez por el colador. Dentro no se comía carne porque la carne era “cadáver, puro cadáver.” Dentro el desenfado de mi abuelo detonaba las carcajadas. Un desenfado natural, honesto, como era él mismo cuando le preguntábamos quién era su nieta consentida y sin ningún reparo nos respondía: “¡Pues Dennise!”.
Dentro era un desorden, como su coche, aquél Falcon color crema tan lleno de papeles sobre papeles, libros sobre libros, periódicos sobre periódicos. Y tras todo ello no se escondía sino una memoria prodigiosa, digna de esos hombres enciclopédicos que nuestra pobre sociedad del siglo XXI tiene en extinción. Alguien con hambre de comunicar y compartir el conocimiento, de paciencia infinita; siempre alegre, siempre ocurrente. Con esa memoria prodigiosa, captadora de datos, de hechos y de noticias. De conciencia aguda. Un historiador nato, como también fue su abuela.
Así, su muerte nos pega como baldazo de agua fría y nos pone de frente aquella sentencia no menos dolorosa, que dice: “Cuando muere un anciano, arde una biblioteca.”
Y esa biblioteca viviente fue, sin duda, uno de esos hechos fundamentales que ocurren tres o cuatro veces en cada vida. Soy afortunada, al igual que cada uno de ustedes, al saber que la convivencia con mi abuelo fue uno de esos hechos fundamentales. Y si lo que llaman familia se define en dos o tres figuras, de nuevo soy afortunada al saber que mi abuelo fue una de ellas. Pocas personas tan presentes, y tan de cerca. Ahí estaba, tejiendo y dibujando historias cuando nos dejaban en su casa; ahí estaba, ayudándome a pasar los extraordinarios de Agustín Abundes en la prepa; ahí estaba, emocionado y siguiendo de cerca cuando lo llamaba desde su siempre grata Ciudad de México o lo mantenía al tanto del plantón de López Obrador en el zócalo; ahí estaba, siempre devorando sus libros, el Proceso, las noticias y al final la Teve España o los canales de la UNAM y el Poli. Y así con cada una de sus nietas y nietos, como cuando sacaba su acordeón en las visitas de Pamela. O cuando nos ayudaba para taparle el ojo al macho mientras Alejandra, Dennise o Pamela se escapaban.
Finalmente, dos grandes cariños debo a mi abuelo, y han de disculparme pero creo que si este último día a su lado no los reconozco, no sé cuándo podría hacerlo.
Uno de ellos es el cariño que mi abuelo despertó en mí por el Espacio y los astronautas. Aunque creo que él, como yo, preferiría el término cosmonauta, pues los dos siempre fuimos rojillos y más hacia el lado de los rusos.
El segundo cariño, fue la Historia, con mayúscula. Porque así era mi abuelo, conocedor de mucho, pero siempre con la sencillez para maravillarse ante lo elemental y lo inmenso, como lo es el Universo, como lo es la Historia.
Hoy soy historiadora y sin embargo trabajo de aeronauta a cuarenta mil pies de altura, surcando apenas el cielo. Pero a esos cuarenta mil pies sobre el nivel del mar, y de noche, el Universo se percibe más cerca y más inmenso; y son esos pequeños momentos, y el recuerdo de mi abuelo enseñándome a descifrar la Osa Mayor y las constelaciones, a los que me entrego; y es por ellos que no he perdido aún la capacidad de asombro.
La Historia, por su parte, me enseñó que en la Antigüedad los griegos creían en un tiempo circular. Para ellos, el brillo de las estrellas parpadeaba porque en ellas se albergaba el alma de algún sabio, y éstos, que eran los seres más valiosos, eran también quienes mayor tiempo tardaban en reincorporarse al Eterno Retorno, en un ciclo de diez mil años. Una vez transcurridos, las estrellas se apagaban y luego otra vez volvían a brillar.
Siendo así, la próxima vez que a cuarenta mil pies me detenga a mirar una de esas estrellas, querré pensar, invariablemente, que ahí está mi abuelo. Querré pensar que es un día de invierno en Juárez, en el que tengo cerca de 6 años y mi abuelo va por mí a la escuela porque he caído enferma, la fiebre me agota y él no para y no para de hablar, mientras yo de arrebato lo interrumpo y le suplico: “Abue, ya no hables más”, pensando que en un rato me despertaré y tendremos toda la vida por delante para platicar. Querré dormir para luego abrir los ojos y estar en esa casa de la que aún no quiero salir. Querré así, finalmente, reencontrarlo en ese tiempo circular de los estoicos.
Descanse en paz.
Tu nieta,
Claudia Piña Navarro.
En Ciudad Juárez, a 28 de octubre de 2009.